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Los
ciclos de nuestra vida
Luz y oscuridad, día y noche, nacimiento
y muerte, alabanza y añoranza, desde el principio de los tiempos,
los ciclos de la vida han convocado a mujeres y hombres a proclamar la
salvación que penetra el curso de sus días.
Desde las cuevas y las cumbres, el templo y la sinagoga, los hogares y
en los lugares de reunión de la comunidad cristiana, hemos marcado
el paso del tiempo – el día, la semana, el año – reuniéndonos
para orar.
Nos identificamos con los gestos orantes de nuestras antepasadas. Sobrecogidas
por la belleza del mundo creado, bañadas en la luz del sol y de
la luna, fueron seducidas al silencio y a la acción de gracias.
Reconocemos nuestras raíces en el templo de Jerusalén y
en las tradiciones judías centenarias de encuentros en la sinagoga
y oración diaria en la casa, cada una santificando el transcurrir
del tiempo, orando dos o tres veces a lo largo del día.
Los cristianos situaron la historia de la vida, muerte y resurrección
de Jesús, junto a esa tradición. Y desarrollaron maneras
de orar para proclamar la misericordia del Dios dador de la Vida. A lo
largo de los siglos mujeres y hombres desde comunidades monásticas
están dando forma a esta tradición viva, reflejo de su vida
en común. |








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Amanecer
y atardecer.
Mañana y tarde, los ejes
del día han sido tiempos especiales para reconocer la gracia en
nuestras vidas. Proclamamos “el sentido” del tiempo. Nuestros días
no son acontecimientos al azar, sin dirección, sin meta ni esperanza.
No, nuestras vidas y nuestros días han sido abrazados hasta lo
más íntimo por el Dios que es Amor. Sólo podemos
darle gracias. Oramos porque hemos sido abrazadas; oramos para poder vivir
en este abrazo.
Tú nos acaricias a todas, recreándonos,
Oh! Amante de la Vida.
Esta tradición viva de la oración diaria es de todos. Es
un tesoro, un derecho de nacimiento que nos ha sido legado a través
de generaciones de creyentes. Sin embargo es un reto a nuestra creatividad
diaria. A diferencia de generaciones anteriores, nuestra era tecnológica
ha apagado los ritmos y ciclos naturales de la vida y su capacidad de
desvelar las siluetas de la vida.
Con las presiones de la vida moderna no nos nace la alabanza tan naturalmente
como a nuestros antepasados. Sin embrago, más a menudo de lo que
sospechamos, añoramos enraizar nuestras vidas y nuestros días
en el misterio de Dios.
El rezo fiel de la oración de la mañana y de la tarde, nos
sumerge en un ritmo de desierto, dedicación y gratitud.
Es nuestro canto de la nueva vida en el Espíritu. |